El movimiento estudiantil por una
educación pública, gratuita y de calidad para todos del pasado año 2011 fue uno
de los más importantes desde la llegada de la “democracia” en términos de
convocatoria. Un movimiento verdaderamente social, con demandas claras y a la
vez trascendentales se perfiló contra un Ejecutivo intransigente y un
Parlamento negligente. Pero luego de siete meses la fuerza de este movimiento
cayó al punto de no lograr casi ninguna de sus demandas originales ¿Estamos
este año en condiciones de vislumbrar la aparición de un movimiento de tal
impacto? La respuesta se la dejo al lector, mostrándole el escenario en que nos
encontramos:
-
- Los
partidos políticos ya no tienen relevancia en la dirección del movimiento:
algo que distinguió a este movimiento fue el protagonismo (más bien mediático
que real) del PC y otros partidos en el liderazgo del movimiento. Las políticas
de la intransigencia del gobierno llevaron al movimiento a la división y
conflicto interno que llevó a culpar a los partidos del estancamiento del
movimiento. Divide et impera (divide y vencerás) fue la triunfal estrategia con
la cual el gobierno dividió al movimiento y le quitó su fuerza para cuando fue
el Parlamento (dominado por la derecha y el centro político, centro que hubiera
podido ser cooptado si el movimiento estudiantil no hubiera decaído) quien
decidió aprobar los proyectos del Ejecutivo. Sacando a los partidos (como
castigo) de la dirección de las Federaciones de Estudiantes y centros de
estudiantes tanto a nivel superior como secundario los independientes, vinculados
a partidos de izquierda o colectivos de dicha tendencia llegaron a las
direcciones. Por tanto, el movimiento
perdió un elemento de coordinación a nivel nacional que los partidos le habían
entregado. Esto puede traer como consecuencia la gremialización de las demandas
o peor, la desmovilización por la falta de experiencia de los dirigentes.
-
- El
gobierno posee una clara política de intransigencia: en otra columna
desarrollé el concepto de política de la intransigencia como una estrategia
hostil de resolución de conflictos por parte del gobierno, la cual triunfa al
corto plazo pero no al largo, ya que cura los síntomas pero no la enfermedad. El replanteamiento y concientización del
estudiantado debe orientarse a que el gobierno busca 3 elementos: no negociar
con actores conflictivos, criminalizar a estos actores y, finalmente, usar el
desgaste como estrategia ante el adversario. Solo así podremos vencer la
política de la intransigencia del gobierno.
-
- Polarización
del estudiantado frente a las movilizaciones: nuestro principal problema es
que el estudiantado en su mayoría se encuentra en dos posiciones mutuamente
excluyentes: una en la cual se ve en el paro una estrategia infructuosa para
generar presión hacia arriba (burocracia universitaria y gobierno), por lo que
medidas más audaces como partir con una toma sería la mejor respuesta; la otra
plantea que las clases no deben sacrificarse a costa de las movilizaciones. Las
movilizaciones no lograron nada, y los perjudicados son aquellos que reciben
una formación parcial a nivel educativo. El problema fundamental es que la
convivencia de estas dos visiones destruyen la posibilidad de crear un ambiente
no hostil para la discusión. La defensa de uno de los polos sobre su propia
postura polarizará al adversario en lugar de acercarlo a la propia postura. Extremar
las posturas entre clases o toma solo impedirá al movimiento partir movilizado
lo antes posible, y por tanto, la creación de un ambiente funcional para la
discusión policía sobre el fondo y la forma del movimiento estudiantil. Ambas posturas son erradas y reduccionistas,
comprensibles pero no justificables. Ahora la estrategia de movilización
dependerá del contexto de cada universidad o liceo, donde debiera primero
crearse un clima de discusión, y sólo luego una movilización efectiva.
Recuperar el pensamiento estratégico (es decir, actuar en función de lo que
hace y haría la contraparte es fundamental)
Este es sin duda un escenario
difícil. Dirigentes sin experiencia (y por tanto titubeantes, como en el caso
de la actual FECH) y sin coordinación nacional (dada su independencia o
localismo), un gobierno intransigente y un estudiantado polarizado no es un
buen augurio. A pesar de ello, la movilización es y debe ser un objetivo de
este año, ya que esta demanda podría perderse dentro de la discusión en la
esfera pública si no es levantada nuevamente en el corto plazo. Como señalaba
en un inicio, las condiciones (existentes o no) para la movilización se la dejo
al lector. Mi visión es positiva, ya que depende más de la voluntad de los
actores políticos dirigentes en el movimiento estudiantil que de las
condiciones materiales de acción. Acción
coordinada y coherente entre los dirigentes, evitar las divisiones internas y
crear un clima de discusión sano dentro de cada unidad estudiantil es la
fórmula con la cual debemos partir este año contra la política de la
intransigencia.
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