Las elecciones presidenciales en Francia el pasado domingo 6
de mayo dieron la victoria al socialista de corriente moderada Françoise
Hollande con un 52% sobre un 48%, resultado estrecho sin lugar a dudas dado el
contexto de crisis en el cual se encuentra la zona euro. Esta victoria por parte del PSF es una doble
forma de castigo al saliente Presidente Nicolás Sarkozy, ya que, por un lado,
si bien sus decisiones en materia de política fiscal han apuntado a la
austeridad y la reducción de la deuda externa, por otro lado, los franceses, a
sabiendas que un Presidente de derecha tenderá a rebajar el gasto para salir de
la crisis, a pesar de ello le han dado su voto a un socialista. Así, el próximo
Presidente francés tendrá la doble misión de cumplir con los valores y costumbres
propios de un país acostumbrado a un Estado de Bienestar y de reducir la
incertidumbre en el mercado de valores francés. En esta doble misión, existe un
fuerte dilema para el nuevo Presidente: mantener las relaciones clásicas con Alemania,
o generar un modelo propio, ya no basado en la austeridad, sino en el
potenciamiento del desarrollo económico para salir de la crisis. La crisis actual
de la zona euro no es un producto de la Unión Europea (UE), sino consecuencia de
problemas estructurales en el diseño histórico-institucional de este organismo
supranacional, donde no existen verdaderos incentivos para transparentar las
cuentas sobre gasto público de cada país al Banco Central Europeo (BCE)
Teniendo esto claro, la tesis de la austeridad es una respuesta (una reacción)
a una crisis estructural, pero no una solución. En manos de Francia está la posibilidad de solucionar la crisis
estructural a través de un liderazgo nuevo basado en una mayor intervención y
delegación de soberanía en la Comisión Europea desde los 27 países
miembros, tesis que choca con la visión alemana de “laissez-faire” que centra
en la política fiscal restrictiva todo su énfasis y preocupación. De esta
forma, la llegada de Hollande puede generar un cambio en el eje franco-alemán,
y por tanto, del futuro de la UE (diseñada para dar preponderancia y hegemonía
a estos países en la toma de decisiones)
La crisis del euro es
una crisis estructural de la UE, no el producto de una crisis foránea originada en un país
que basa su economía en la desregulación de su mercado financiero. La crisis
del euro no es solo una crisis económica, es una crisis política, una crisis de
valores y confianza entre los miembros de un regionalismo que en realidad deja
el idealismo de lado y se enfatiza en la satisfacción de los intereses
particulares de cada país. Los intentos de solución desarrollados en el Tratado
de Lisboa el año 2008, a través de un Pacto de Estabilidad que restringe un
endeudamiento de los países miembros de la UE superior a un 3% sobre el PIB, no
fue respetado (lo que fue fomentado por Francia y Alemania para poder aumentar
su rango de deuda y mantener sus industrias locales) Sumado a ello, el euro
descansa bajo una tensión basada en una política fiscal no regulada y
dependiente del criterio de cada país, y una política monetaria fija para todos
los países aumenta los incentivos para falsear los datos relacionados a deuda
interna y externa. Así, aquellos países que poseen Estados de Bienestar, pero
no los medios para mantenerlos, inevitablemente deberán mantener (o aumentar,
como el caso griego) su gasto público para evitar conflictos internos y
posibles crisis de gobernabilidad. El euro se vuelve, de esta forma, en un “elefante
blanco”.
La crisis ha sido llevada bajo dos posiciones claramente
delimitadas: la germana (no intervención, corregir la crisis mediante la
restricción del gasto y conceder préstamos condicionados) y la francesa (intervención
directa, haciendo lo posible para salvar al país en cuestión) Los medios
europeos han destacado el liderazgo de Francia en el Consejo Europeo, y el rol
más bien silencioso de Alemania. A pesar de ello, Francia no ha logrado imponer
su visión, y han sido los alemanes quienes han logrado que su postura sea la
que prevalezca. Se ha acusado, por ello, una ausencia de liderazgo en la UE,
que Alemania no desea hacerse cargo de su rol director en el viejo continente.
Este conflicto de visiones, a la larga, no hace sino agravar la crisis de
solvencia y credibilidad de la zona euro.
Tres son las principales conclusiones que podemos mencionar a
manera de síntesis: a) La crisis es producto de problemas estructurales en la
conformación histórico-institucional de la UE, lo que se demuestra en la
inexistencia de acatamiento de todos los miembros sobre las normas fijadas en
el Tratado de Lisboa; b) Existe una clara ausencia de liderazgo en la UE, ya
que Alemania no desea hacerse cargo de los errores de países que han mantenido
un Estado asistencial que no son capaces de solventar; c)Francia tiene la
oportunidad histórica de replantear el eje franco-alemán y corregir los errores
estructurales de la UE, proyecto que llevará a que inevitablemente entre en
conflicto con los alemanes. Es hora de corregir los errores históricos, so pena
de que la zona euro colapse bajo sus propios cimientos.
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